(Selección de Josep Valls).

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. jueves, agosto 19, 2010


Por Leticia Rebeca Gasca. Hace un par de días tuve la oportunidad de platicar con una amiga que apenas regresaba de un viaje a Bután. Mi primera pregunta fue, ¿y de verdad todo el mundo es feliz? Por increíble que parezca, ella me dijo que sí, que durante su estancia no notó a nadie que no reflejara paz y satisfacción.

Pero, ¿qué tiene Bután de especial? Durante un foro del Banco Mundial, el representante de aquél país afirmó que si bien su Producto Interno Bruto (PIB) no era muy elevado, en cambio, el Índice de Felicidad Bruta era altamente satisfactorio. Quienes estuvieron ahí cuentan que las burlas no se hicieron esperar.

Sin embargo, Maurice Strong, la persona que ayudó a Bután a ingresar a las Naciones Unidas, dijo en alguna ocasión que “Bután puede llegar a ser como cualquier otro país, pero ningún país puede volver a ser como Bután”.

Y no es de sorprender, se trata de el único país del mundo donde la caza y la pesca están prohibidas en todo el territorio, tampoco talan árboles y en todo el territorio solo hay tres pequeñas fábricas.

Su población es de menos de un millón de habitantes, y en la capital, Timbu, habitan tan solo 30,000 personas. No todas pertenecen a la clase media, pero tampoco hay miseria ni mendicidad. En el resto del país, cada familia tiene tierras, ganado y un telar, con lo que cubren prácticamente todas sus necesidades.

El Índice Nacional de Felicidad Bruta se alimenta de los principios budistas enraizados en la historia y cultura del país, pero su aplicación puede extenderse a cualquier región que considere la armonía como principio de organización social. Esta “filosofía de elaboración de políticas públicas” dio inicio oficialmente en 1972 gracias al rey Jigme Singye Wangchuk.

Él propuso que las políticas del país se elaborarían basadas en cuatro pilares: el desarrollo económico-social sostenible y equitativo en el que el crecimiento se transforme en beneficios para toda la población; la conservación estricta del medio ambiente; la preservación y promoción de la identidad cultural butanesa, y el buen gobierno garante de la estabilidad institucional y social sobre la que se basa la armonía de la vida cotidiana.

Desde entonces, el concepto se ha perfeccionado y ha evolucionado. Por ejemplo, Bután se abre a la globalización sólo si hacerlo contribuye al incremento de su felicidad, y hasta hace poco pusieron las tecnologías de información y comunicación al servicio del proyecto.

Y por romántico que suene, todo eso es verdad. Hoy mismo empiezo a ahorrar para visitar Bután y verlo con mis propios ojos.